La historia de la expansión territorial en el siglo XVI está tejida de rutas inciertas, ambiciones cruzadas y encuentros complejos entre distintos pueblos. Lo que comenzó como una serie de campañas organizadas tras la caída de México-Tenochtitlan, durante la jornada militar de Cortés, con la participación decisiva de aliados tlaxcaltecas, huejotzingas y totonacos —motivados por antiguas La historia de la expansión territorial en el siglo XVI está tejida de rutas inciertas, ambiciones cruzadas y encuentros complejos entre distintos pueblos. Lo que comenzó como una serie de campañas organizadas tras la caída de México-Tenochtitlan, durante la jornada militar de Cortés, con la participación decisiva de aliados tlaxcaltecas, huejotzingas y totonacos —motivados por antiguas rivalidades con otros señoríos, expectativas de recompensa o la necesidad de mantener su posición dentro del nuevo orden—, pronto se transformó en un entramado de exploraciones cada vez más alejadas del altiplano central. En estas rutas, personajes como Hernán Cortés, Francisco de Montejo y Nuño de Guzmán se valieron de esas alianzas para avanzar sobre nuevos territorios, sin que los pueblos indígenas que los acompañaban tuvieran una conciencia plena del alcance del proyecto monárquico que se estaba gestando.
La participación de estos pueblos indígenas no fue un acto de obediencia, sino una decisión estratégica enmarcada en un sistema de rivalidades interseñoriales que precedía por siglos al contacto con los europeos. Los tlaxcaltecas, además de haber resistido el dominio mexica, mantenían conflictos con otros pueblos del centro y del norte, como ciertos grupos otomíes independientes, huastecos y señoríos chichimecas, con quienes disputaban territorios, rutas de comercio y alianzas locales. Tras la derrota del señorío mexica, estas enemistades no desaparecieron. Al contrario, muchos aliados indígenas vieron en las expediciones posteriores una oportunidad para extender su influencia, castigar viejos enemigos y consolidar su posición dentro del nuevo sistema virreinal. Lo mismo puede decirse de los huejotzingas y totonacos, quienes, al participar en campañas ulteriores, buscaban también beneficios concretos y reconocimiento por parte de las autoridades castellanas. Así, la expansión territorial emprendida por la Corona de Castilla no puede entenderse sin las alianzas indígenas, que respondían a lógicas políticas propias y a conflictos muy anteriores a la llegada de los europeos.


Cortés, Montejo y Guzmán: rutas cruzadas y ambiciones encontradas
Las primeras expansiones posteriores a la caída de México-Tenochtitlan estuvieron marcadas por la influencia directa de Cortés o de aquellos vinculados a él. Uno de sus colaboradores fue Francisco de Montejo, quien en 1527 emprendió la ruta hacia la península de Yucatán. Su nombramiento como adelantado de esa región le llegó tras haber sido procurador del ayuntamiento de Veracruz, organismo fundado por los mismos participantes de la jornada militar. En su expedición lo acompañaron aliados tlaxcaltecas y totonacos, quienes fueron fundamentales para abrir camino en el territorio maya, caracterizado por su organización política descentralizada y su resistencia prolongada.
En contraste, Nuño de Guzmán representó una figura polémica, conocida tanto por su ambición política como por su brutalidad. Llegó a la Nueva España como presidente de la primera Real Audiencia —institución con sede en la Ciudad de México— y desde ahí entabló una fuerte rivalidad con Cortés, a quien persiguió de forma encarnizada. Aprovechando su cargo, emprendió campañas hacia el noroeste que resultaron en la fundación del territorio conocido más tarde como Nueva Galicia. Su nombre quedó asociado a abusos extremos contra las poblaciones indígenas, incluyendo torturas, esclavización masiva y castigos ejemplares. Cronistas como fray Bartolomé de las Casas y el obispo Zumárraga lo denunciaron públicamente, señalándolo como responsable de actos crueles y arbitrarios durante sus incursiones.
“Fue este gobernador el más cruel tirano que ha habido en estas Indias, y el más injusto, soberbio, insaciable, y enemigo de la nación humana.”
— Fray Bartolomé de las Casas, 1552
Aunque Guzmán también contó con el apoyo de ciertos aliados indígenas que veían en sus campañas una oportunidad para enfrentarse a sus enemigos tradicionales, su liderazgo fue autoritario y represivo, y sus acciones terminaron por socavar su propia posición política. Años después fue destituido y enjuiciado por la misma monarquía católica que lo había enviado, en una muestra clara de que sus excesos no pasaron desapercibidos incluso dentro de la estructura virreinal.


Fray Marcos de Niza y la promesa de Cíbola
En 1539, buscando ampliar las noticias que Álvar Núñez Cabeza de Vaca había proporcionado sobre territorios del norte, la Corona envió una nueva expedición encabezada por el franciscano fray Marcos de Niza. Según testimonios de la época, era un religioso “docto no solamente en teología, sino también en cosmografía y el arte de la mar”. Su guía fue Estebanico, el sobreviviente africano de la expedición de Narváez y compañero de Cabeza de Vaca.
Durante el trayecto, al llegar a una población llamada Vacapa, fray Marcos decidió permanecer allí, mientras Estebanico se adelantaba con la misión de explorar. Habían acordado que, según lo que encontrara, Estebanico enviaría una cruz cuyo tamaño fuera proporcional a la importancia del hallazgo. Días más tarde, fray Marcos recibió una cruz del tamaño de un hombre, junto con noticias entusiastas sobre una ciudad de piedra con fachadas decoradas con turquesas: Cíbola.
Pero pronto llegaron malas noticias: Estebanico había intentado entrar a la ciudad, fue rechazado, capturado y asesinado a flechazos por sus habitantes. A pesar de esto, fray Marcos continuó. Desde la cima de un cerro observó la ciudad, que le pareció incluso mayor que la Ciudad de México. Temiendo por su vida y convencido de la importancia del hallazgo, tomó posesión simbólica del territorio en nombre del rey y regresó a la Nueva España para presentar su informe.
Nuevos territorios, nuevos desafíos: el norte y los pueblos chichimecas
Hasta ese momento, la expansión territorial había avanzado sobre regiones mesoamericanas habitadas por pueblos agrícolas y urbanizados. Pero al adentrarse en el norte, los expedicionarios encontraron formas de vida semisedentaria y nómada, en grupos que las crónicas castellanas comenzaron a llamar chichimecas. Su estilo de vida basado en la caza, la recolección y el refugio en zonas montañosas, dificultó la incorporación de estos pueblos al sistema virreinal.
Los intentos de ocupación generaron resistencia persistente, y obligaron a modificar por completo la logística de las campañas: ya no bastaban los soldados. Ahora eran necesarias caravanas con provisiones, animales, herramientas y familias enteras dispuestas a fundar nuevos núcleos de población.
Conclusión
La expansión territorial en los orígenes de la Nueva España fue más que una serie de campañas armadas. Involucró alianzas indígenas, rivalidades políticas entre figuras como Cortés y Guzmán, y relatos que, como el de fray Marcos de Niza, marcaron el rumbo de nuevas exploraciones. Las promesas de riqueza, el deseo de control territorial y las complejas relaciones entre pueblos mesoamericanos configuraron un proceso que fue tanto geográfico como simbólico.
Desde las ciudades mayas hasta las tierras del norte, pasando por el mito de las siete ciudades de oro, esta expansión fue el resultado de múltiples fuerzas en tensión, donde la imaginación fue, muchas veces, tan poderosa como las armas.
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