¿Cómo justificar la posesión de tierras ajenas?
Durante la expansión del virreinato de la Nueva España o actos de la toma de posesión en la Nueva España, hacia el norte, los actores peninsulares europeos, llevaron a cabo diversos rituales de posesión territorial, incluso en regiones donde ya habitaban pueblos indígenas. ¿Cómo se justificaba declarar como propio un territorio con población, historia y organización política previas?
Para responder a esta pregunta es necesario entender dos visiones del mundo en conflicto. Por un lado, las poblaciones indígenas del norte mesoamericano, muchas de ellas seminómadas, mantenían un vínculo espiritual con la tierra. No concebían la propiedad como un objeto que pudiera comprarse o dividirse, sino como parte de su identidad colectiva. Sus formas de organización eran diversas: desde alianzas interétnicas hasta liderazgos locales con base territorial flexible, pero legítima.
Por otro lado, la lógica jurídica y teológica del mundo cristiano europeo entendía el territorio como algo que debía estar sujeto a una soberanía reconocida y, preferentemente, cristiana. Según esta visión, un territorio podía ser reclamado si no pertenecía a una monarquía cristiana o si sus habitantes no habían sido evangelizados. Este principio no se aplicaba por igual a regiones como China o la India, donde existían potencias reconocidas, ejércitos organizados y acuerdos diplomáticos que limitaban la intervención castellana, como el Tratado de Tordesillas que asignaba esas zonas a Portugal. En contraste, el norte novohispano era visto como un espacio sin soberanía reconocida por la monarquía católica, lo que facilitaba la legitimación simbólica de su apropiación.
El caso de Juan de Oñate en 1598 es un ejemplo claro de esta práctica. Su acto de posesión no fue solo un trámite administrativo, sino un ritual político y religioso cargado de simbolismo, que buscaba inscribir el territorio dentro del orden imperial de la monarquía católica.
Una tierra ya habitada: lo que el ritual no reconocía
A pesar del discurso oficial, los territorios donde se realizaban estas tomas de posesión no eran tierras vacías. Diversos pueblos nómadas y seminómadas habitaban estas regiones, con formas propias de organización social, redes de parentesco y vínculos espirituales con el entorno. Para muchos de estos pueblos, el territorio no se poseía, se vivía. Su relación con la tierra era parte de su identidad colectiva.
La cosmovisión indígena no concebía el concepto de propiedad territorial como lo hacía la monarquía católica. Mientras que los actores peninsulares buscaban fijar límites y ejercer control jurídico, los pueblos originarios mantenían una conexión fluida, móvil y espiritual con su entorno. El ritual de toma de posesión no solo invisibilizaba estas formas de vida, sino que además las reemplazaba por una visión cristiana y legalista del territorio.


El acto de posesión en el norte novohispano
El ritual de la toma de posesión (1598)
El 30 de abril de 1598, después de cruzar el río que actualmente conocemos como Bravo o Grande, Juan de Oñate llevó a cabo un acto formal de toma de posesión en nombre de la monarquía católica. Según el testimonio de testigos recogido en documentos oficiales, el acto incluyó la lectura en voz alta de una fórmula jurídica, el izamiento de una cruz, la colocación de mojones (marcadores simbólicos de territorio) y el juramento de fidelidad por parte de quienes lo acompañaban.
Todo este ritual respondía a una lógica performativa: no bastaba con llegar al lugar y ocuparlo; era necesario encuadrar ese acto dentro de un marco legal, visible y repetible. Era una forma de escenificar el poder imperial ante Dios, ante los hombres y ante cualquier autoridad que posteriormente pudiera disputar la legitimidad del acto.
Simbolismo, autoridad y resistencia
El acto de posesión también tenía una fuerte carga simbólica. Al plantar la cruz, Oñate no solo reclamaba el espacio físico, sino también su incorporación al universo cristiano. El territorio era interpretado como un espacio a cristianizar, por lo tanto, “vacío” en términos espirituales, aunque no en términos humanos. Este tipo de narrativa permitía negar la soberanía de los pueblos originarios al tiempo que se legitimaba el ingreso militar y la evangelización.
Sin embargo, no todos los acompañantes compartían el entusiasmo de Oñate. Las tensiones dentro del grupo, las condiciones climáticas y la resistencia de algunos pueblos indígenas pronto hicieron evidente que la empresa no sería tan próspera como se esperaba. La toma de posesión fue solo el inicio de una larga y conflictiva etapa de asentamiento, en la que la violencia, el desarraigo y la desilusión marcaron la experiencia tanto de los actores peninsulares como de las poblaciones locales.


Conclusión: entre la legalidad imperial y la memoria silenciada
La toma de posesión en la Nueva España no puede entenderse únicamente como un acto legal, sino como una herramienta simbólica de dominación. A través de estos rituales, la monarquía católica inscribía su poder en territorios habitados por pueblos con identidades propias, desconociendo deliberadamente su soberanía, su cultura y sus vínculos espirituales con la tierra.
Si bien algunos frailes, especialmente en regiones como el altiplano central, llegaron a documentar, preservar e incluso admirar ciertos aspectos del mundo indígena —como lenguas, códices o prácticas artísticas—, esto no implicó un reconocimiento político del poder indígena sobre su territorio. Dichos elementos fueron muchas veces reinterpretados desde una lógica cristiana y utilizados como herramientas de evangelización.
El caso de Oñate revela los límites de la expansión virreinal en regiones donde la lógica del dominio simbólico chocaba con las realidades humanas, geográficas y culturales. No solo por su ritualismo, sino por lo que ese acto dejaba de lado: la historia profunda de los pueblos indígenas del norte de Mesoamérica, sus formas de organización, su espiritualidad y su derecho a la autodeterminación.
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