La relación de los mexicanos con la muerte no solo es espiritual: también es profundamente humorística. Desde el siglo XIX, el pueblo comenzó a reírse de la muerte, a retratarla en versos y grabados, y a convertirla en espejo de su propia sociedad. Esta visión burlona no surgió de la nada; fue el resultado de siglos de transformaciones, de la fusión entre el arte popular, la sátira política y la memoria de antiguos ritos religiosos.
De los sermones barrocos del virreinato a los grabados de José Guadalupe Posada, y de las calaveras literarias al impulso cultural del presidente Lázaro Cárdenas, la muerte pasó de ser un tema temido a convertirse en símbolo de identidad nacional. En México, reírse de la muerte fue —y sigue siendo— una manera de sobrevivir a ella.
Antecedentes virreinales y europeos
Durante el virreinato, el tema de la muerte formaba parte constante de la vida cotidiana. Las iglesias exhibían cráneos y osarios como recordatorio del tránsito espiritual, mientras que en Europa circulaban representaciones conocidas como “danzas de la muerte” o “bailes macabros”, donde esqueletos conducían a nobles, obispos y campesinos al mismo destino final.
Estas imágenes, heredadas por la cultura barroca novohispana, inspiraron una visión moral y humorística de la muerte. En sermones, altares y representaciones teatrales, la figura del esqueleto se usaba para enseñar humildad y recordar la igualdad de todos ante el fin inevitable. Esa familiaridad con la muerte fue la base sobre la cual, siglos más tarde, floreció el humor popular mexicano.
Del altar a la sátira: las calaveras literarias del siglo XIX
Con la llegada del siglo XIX y la independencia, el antiguo orden virreinal se derrumbó, pero las costumbres relacionadas con la muerte permanecieron. Durante la segunda mitad del siglo, en plena modernización del país, aparecieron las “calaveras literarias”, versos burlescos publicados en periódicos que satirizaban a políticos, obispos o figuras públicas.
Estas composiciones retomaban el espíritu igualador de los bailes de la muerte medievales, pero con un tono local y rebelde. Se publicaban en hojas sueltas o gacetas acompañadas de dibujos de esqueletos, anticipando el estilo que más tarde inmortalizaría José Guadalupe Posada.
Una de las más antiguas registradas apareció en El Socialista (1849) y decía:
“Ya murió don Juan el rico,
que guardaba su tesoro;
dicen que llevó consigo
su avaricia y su decoro.”
Este breve poema refleja el tono moralizante inicial, más cercano al pensamiento ilustrado que a la ironía popular. Sin embargo, hacia finales del siglo XIX las calaveras adquirieron un tono abiertamente satírico. En El Hijo del Ahuizote, publicación crítica del régimen porfiriano, circuló una de las más famosas:
“Aquí yace don Porfirio,
que mandó con mano dura;
mas la flaca no votó,
y le dio su sepultura.”
Con este tipo de versos, el pueblo encontró una manera ingeniosa de expresar descontento político y de ridiculizar el poder. La risa frente a la muerte se convirtió en una forma de resistencia cultural, una manera de afirmar que ni los ricos ni los gobernantes podían escapar del destino común.


José Guadalupe Posada y la creación de la Catrina
Entre finales del siglo XIX y principios del XX, el grabador José Guadalupe Posada transformó el imaginario de la muerte en una verdadera galería popular. En sus grabados aparecían esqueletos que bailaban, comían, montaban a caballo o tocaban guitarra. La más famosa de sus figuras, “La Calavera Garbancera”, representaba a la mujer que negaba su origen indígena y aspiraba a parecer europea; décadas después, el pintor Diego Rivera la bautizaría como “La Catrina”.
Posada, desde su imprenta en el barrio de Tepito, retrató a la muerte como compañera inseparable del pueblo. Sus imágenes circularon en hojas volantes y se vendían en mercados y ferias, alcanzando a todos los sectores sociales. Con él, la muerte dejó de ser un tema religioso o moral para convertirse en símbolo de identidad popular y sátira política.
La restauración del Día de Muertos en el siglo XX
Tras la Revolución mexicana (1910–1920) y la Guerra Cristera (1926–1929), muchas celebraciones religiosas se habían debilitado o prohibido. Fue durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río (1934–1940) cuando se promovió la recuperación de las tradiciones populares como parte del proyecto de unificación cultural del país.
El Estado, a través de la Secretaría de Educación Pública y de instituciones culturales, impulsó las conmemoraciones del Día de Muertos en escuelas, plazas y museos, presentándolas como símbolo del alma mexicana. El propósito era fortalecer una identidad nacional mestiza que integrara las raíces indígenas y los valores populares.
En esta época, el Día de Muertos adquirió su forma moderna: los altares se hicieron públicos, las calaveras de azúcar y las catrinas se convirtieron en emblemas del humor nacional, y la festividad pasó de los hogares a los espacios urbanos, consolidándose como una celebración colectiva y artística.
Del grabado a la identidad nacional
Durante la primera mitad del siglo XX, artistas como Diego Rivera, Frida Kahlo, Jean Charlot y Dr. Atl reinterpretaron las calaveras y las catrinas en la pintura y el muralismo. Las representaciones de Posada se convirtieron en íconos del arte mexicano, mientras que las escuelas y las comunidades rurales mantenían viva la tradición del altar familiar.
En los años sesenta y setenta, el Día de Muertos fue reconocido oficialmente como parte del patrimonio cultural de México, y en 2003, la UNESCO lo inscribió en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Desde entonces, su carácter festivo, irónico y afectivo ha traspasado fronteras, convirtiéndose en una de las celebraciones más reconocidas del mundo.
Conclusión
La visión humorística de la muerte en México es el resultado de una larga evolución: de las ofrendas prehispánicas a los altares novohispanos, de las calaveras literarias al arte popular, y de la devoción privada a la expresión nacional. En ella, el pueblo mexicano transformó el miedo en risa y la pérdida en memoria.
Cada noviembre, entre flores, pan y versos, la muerte vuelve a ser parte de la vida, recordando que, en México, reírse de la muerte es también una forma de afirmarla.
Preguntas frecuentes sobre la visión humorística de la muerte en México
¿Cuándo surgieron las primeras calaveras literarias en México?
Las primeras calaveras literarias se publicaron a mediados del siglo XIX, en periódicos como El Socialista (1849), donde aparecieron versos moralizantes sobre la muerte. Con el tiempo, evolucionaron hacia una forma de sátira política popular en publicaciones como El Hijo del Ahuizote y La Patria Ilustrada.
¿Cuál es la calaverita literaria más famosa del siglo XIX?
Una de las más conocidas fue publicada en El Hijo del Ahuizote hacia finales del siglo XIX y decía:
“Aquí yace don Porfirio,
que mandó con mano dura;
mas la flaca no votó,
y le dio su sepultura.”
Este tipo de versos expresaban, con humor y crítica, el rechazo del pueblo a la autoridad y su idea igualitaria ante la muerte.
¿Quién fue José Guadalupe Posada y por qué es tan importante?
Posada fue un grabador mexicano (1852–1913) que popularizó la figura de las calaveras en su arte. Desde su imprenta en Tepito, creó escenas de esqueletos que bailaban, comían o montaban a caballo, reflejando la vida cotidiana y la crítica política. Su obra más famosa, La Calavera Garbancera, fue renombrada décadas después por Diego Rivera como La Catrina.
¿Qué simboliza la Catrina en la cultura mexicana?
La Catrina representa la muerte con elegancia y humor, pero también es una crítica social hacia quienes pretendían parecer europeos durante el Porfiriato. Con el tiempo, pasó de ser una figura satírica a convertirse en ícono del Día de Muertos y del arte popular mexicano.
¿Por qué el presidente Lázaro Cárdenas impulsó el rescate o la institucionalización del Día de Muertos?
Después de la Revolución y la Guerra Cristera, muchas celebraciones religiosas habían desaparecido o perdido fuerza. Durante su gobierno (1934–1940), Lázaro Cárdenas promovió la recuperación de las tradiciones populares —incluido el Día de Muertos— como parte de un proyecto cultural que buscaba fortalecer la identidad nacional mestiza.
¿Cuándo se reconoció oficialmente el Día de Muertos como patrimonio cultural?
En 2003, la UNESCO declaró al Día de Muertos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconociéndolo como una tradición viva que une historia, arte y memoria colectiva.
¿Por qué los mexicanos se ríen de la muerte?
Porque en México la risa se convirtió en una forma de resistencia. Desde las calaveras literarias hasta las catrinas, el humor sirve para enfrentar lo inevitable sin miedo. Es una herencia que mezcla la ironía barroca del virreinato, la sátira popular del siglo XIX y la creatividad del pueblo moderno.
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