Cuando pensamos en resistencias durante la época virreinal, solemos recordar los levantamientos indígenas. Sin embargo, en la Nueva España también existieron conspiraciones y rebeliones protagonizadas por esclavos africanos y sus descendientes, los afrodescendientes, que aunque menos frecuentes, despertaron un profundo temor entre las autoridades virreinales.
Estos episodios muestran cómo las poblaciones negras buscaban liberarse de la explotación y cómo el virreinato respondió con violencia y represión, dejando huellas que a menudo han quedado olvidadas en la historia oficial.
¿Qué significaban los términos mulato, mestizo o castizo en la Nueva España?
En los documentos virreinales del siglo XVI y XVII aparecen con frecuencia términos como negro, mulato, mestizo o castizo. Durante mucho tiempo se habló de un “sistema de castas” rígido, pero la historiografía moderna señala que no existía un orden legal fijo, sino más bien clasificaciones flexibles de la población.
Un mulato era, en general, una persona nacida de la mezcla entre un europeo y alguien de ascendencia africana. Estas categorías se usaban en censos, procesos judiciales y registros parroquiales, pero podían variar según la apariencia, la posición social o el contexto. Más que un sistema estricto, eran formas de etiquetar y controlar a la población en una sociedad diversa.


La conspiración de 1537: un “rey negro” en la Ciudad de México
El primer gran temor de las autoridades surgió en 1537, cuando se descubrió una conspiración de esclavos negros en la Ciudad de México y en las minas de Acatepec. Los conjurados habían elegido incluso a un “rey” y planeaban matar a los españoles, contando —según se sospechó— con apoyo indígena.
El virrey Antonio de Mendoza reprimió con dureza: ejecutó y descuartizó a los líderes, fortificó la capital y expidió ordenanzas que prohibían a los esclavos portar armas, reunirse en grupos de más de tres o salir de noche sin permiso. El miedo a un levantamiento afrodescendiente quedó sembrado en la memoria del virreinato.
Yanga y los cimarrones de Veracruz (1609-1617)
A inicios del siglo XVII, las fugas de esclavos dieron lugar a los cimarrones, comunidades de negros que se refugiaban en las montañas. El más famoso fue Gaspar Yanga, quien afirmaba tener linaje real africano. Con sus seguidores, organizó ataques contra haciendas y viajeros desde la región montañosa de Veracruz.
En 1609, una expedición virreinal los enfrentó, pero Yanga defendió su derecho a vivir libre alegando los abusos sufridos. Tras la capitulación, se les permitió fundar San Lorenzo de los Negros, considerado el primer pueblo libre de afrodescendientes en América. Aun así, durante años continuaron los conflictos con grupos de cimarrones rebeldes.
El rumor de 1612: miedo en la capital
En 1612, un nuevo rumor de conspiración negra recorrió la Ciudad de México. Se decía que los esclavos se levantarían en Jueves Santo, lo que desató el pánico. La situación llegó al absurdo: una piara de cerdos fue confundida con un grupo de negros sublevados, provocando el caos en la ciudad.
Tras las pesquisas, la Real Audiencia ejecutó a 29 negros y 4 mujeres negras, exhibiendo sus cuerpos como advertencia. Más allá de la realidad de la conjura, el hecho mostró el profundo temor de las élites virreinales hacia los afrodescendientes.
La conjura mulata de 1665: voces por la libertad
El último gran episodio del siglo XVII tuvo como protagonistas a los mulatos. En 1665, la Inquisición investigó rumores de una conspiración encabezada por un mulato llamado José Valor. Las declaraciones hablaban de brindis en tabernas, de cantos alusivos a una próxima libertad e incluso del deseo de ver a mujeres españolas sirviendo a mulatas.
Aunque no hubo una represión masiva como en 1612, quedó claro que los mulatos eran vistos como un grupo inquieto y peligroso. Su creciente número en la capital y otras regiones alimentaba la percepción de que podían “alzarse con el reino”.
Conclusión: resistencias olvidadas
Las conspiraciones y levantamientos de esclavos africanos y afrodescendientes en la Nueva España fueron menos frecuentes que las rebeliones indígenas, pero su impacto psicológico fue enorme. Representaban la posibilidad de que un grupo oprimido y marginado se organizara para desafiar al orden virreinal.
Episodios como el de Yanga o la conjura de 1612 muestran que la resistencia no fue exclusiva de los pueblos originarios: los afrodescendientes también defendieron su libertad y dejaron una huella profunda en la historia novohispana, aunque muchas veces relegada al olvido.
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