En los siglos XVI y XVII, la vida en la Nueva España transcurrió atravesada por lo religioso. Más allá de los pleitos entre jerarcas, las virtudes o defectos de rectores eclesiásticos y los roces internos, la religiosidad funcionó como una roca firme: impregnó el arte, la poesía, el trabajo, los negocios, la administración y hasta las transgresiones. En un territorio de personas recién convertidas al catolicismo—particularmente entre poblaciones indígenas y negras—, ajeno a heterodoxias y, gracias a la Inquisición y a la vigilancia de las autoridades, se mantuvo como un orgullo colectivo de ciudades, pueblos, gremios e individuos.
Un mundo inmerso en lo religioso
La religiosidad novohispana, de sello profundamente católico y ceremonial, privilegió expresiones externas y fastuosas sin por ello perder sinceridad. Rituales, procesiones y celebraciones marcaban el ritmo de la vida diaria. En este contexto, dos dimensiones derivadas del fervor —la beatería y el universo de lo milagroso— estuvieron siempre presentes.
Beatería y mundo milagroso en la vida cotidiana
Los novohispanos creían mantener un contacto real con lo sobrenatural, visible en múltiples prácticas:
- Novenarios oficiales cuando partía o se aproximaba la flota.
- Te Deum a la llegada de embarcaciones, por la entrada de personajes principales o para celebrar victorias frente a enemigos de la monarquía católica española.
- Votos y defensas doctrinales, como la obligación de graduados y maestros universitarios de sostener la Inmaculada Concepción.
- Traslado de imágenes milagrosas a las ciudades ante el presentimiento de catástrofes.
En esa sensibilidad, casi todo podía ser leído como milagro: una curación, el fin de una desgracia, la primera lluvia tras la sequía, el cese del granizo, daños menores en un terremoto, incluso las variaciones de la laguna de México. Carlos de Sigüenza afirmaba que plagas como el chiahuiztle respondían a las malas acciones humanas y al deber de enmienda. También se hablaba de diablos y ángeles que se aparecían, de éxtasis y arrobamientos frecuentes, sobre todo en la calma de las celdas claustrales.
Sincretismos y prácticas populares
En el campo y en las ciudades, el sincretismo religioso entre el cristianismo y antiguas creencias mágicas fue cotidiano, especialmente entre población india, mestiza y mulata.
- En el pueblo sencillo, la religiosidad se expresó en la asistencia a iglesias y oficios, en peregrinaciones, en el culto apasionado a imágenes y en la escucha de sermones.
- Entre los ricos, la devoción se manifestó mediante obras pías y el patronazgo de templos, considerado un modo de acercarse más a Dios.


Reliquias, imágenes y barroco: la centralidad de lo visible
En México, el culto a reliquias e imágenes ocupó un lugar medular. Útiles desde la primera evangelización, las imágenes célebres cobraron nueva vida en el barroco novohispano: se reinventaron sus leyendas de aparición, se narraron sus beneficios milagrosos y se subrayó la fortuna de sus devotos.
Intentos fallidos de canonización: quiénes fueron y qué se buscó
Los novohispanos anhelaron santos propios y dedicaron esfuerzos a promover causas, pero los intentos no prosperaron. Hubo campañas para elevar a los altares a:
- Fray Domingo de Betanzos.
- Fray Martín de Valencia.
- Sebastián de Aparicio (lego franciscano).
- Juan de Palafox y Mendoza (obispo).
- El arzobispo Cuevas y Dávalos.
- Varias monjas y beatas, en especial Catalina de San Juan (la china poblana), sobre quien se escribieron extensas apologías, incluido el libro más grande impreso en la Nueva España.
A pesar del impulso devocional, no se obtuvo canonización. La única excepción fue Felipe de Jesús, franciscano descalzo martirizado en Nagasaki y canonizado posteriormente; sin embargo, sus acciones santas no ocurrieron ni arraigaron en la Nueva España.
El guadalupanismo: del culto local al símbolo de identidad
Ante la ausencia de santos propios, la devoción se volcó a las imágenes. La Virgen de Guadalupe destacó por su singularidad: aparecerse corporalmente y dejar su imagen milagrosamente impresa.
- De culto local en el siglo XVI, pasó a convertirse en símbolo de elección divina.
- En el siglo XVII, su relato fue reorganizado en clave barroca, con elaboraciones teológicas y poéticas.
- La cercanía del Tepeyac a la capital facilitó su identificación con la cabeza del virreinato, frente a la Virgen de los Remedios.
El 12 de diciembre se consolidó como fecha fundamental para los novohispanos, acompañada de peregrinaciones, fiestas y ferias.
Otras devociones e imágenes milagrosas
Sin alcanzar la dimensión guadalupana, otras imágenes fueron vistas como signos de preferencia divina. Entre ellas:
- Virgen de los Remedios.
- Santo Señor de Chalma.
- Cristo de Santa Teresa.
- Virgen de la Soledad de Oaxaca.
- Virgen de San Juan de los Lagos.
- Virgen de Zapopan.
- Nuestra Señora de Ocotlán (Tlaxcala).
- Cristo de Tlacolula.
- Virgen de la Salud de Pátzcuaro.
Desde el siglo XVII se consolidó la tradición de los exvotos pintados, que relataban en imagen y palabra los favores recibidos.
El ritmo del tiempo: campanas, fiestas y mayordomías
En tranquilidad o desasosiego, pobreza u opulencia, la vida novohispana estuvo marcada por la fe.
- Los toques de campana regulaban la jornada y anunciaban bendiciones o catástrofes.
- Las fiestas religiosas pautaban el calendario y la memoria de generaciones.
- Los mayordomos luchaban por el honor de la fiesta titular, aun a costa de arruinarse.
- Los ricos dejaban fortunas en obras pías; las beatas vivían en los templos; los pecadores buscaban desafiar lo sagrado.
El milagro rondaba constantemente: en pueblos, conventos o casas, siempre listo para transformar al pecador empedernido en devoto ejemplar.
Santuarios y donaciones: de Guadalajara a Ocotlán
Ejemplo destacado es el santuario de Nuestra Señora de Ocotlán, en Tlaxcala, cuya imagen se colocó en un nicho de plata en un retablo central. Desde el siglo XVIII, tuvo un fuerte arraigo popular y se enriqueció gracias a las donaciones de fieles y poderosos, símbolo del vínculo entre devoción y patronazgo.
Conclusión
La religiosidad popular novohispana fue un tejido de prácticas visibles, convicciones íntimas y relatos milagrosos. Aunque fracasaron los intentos de canonización —salvo Felipe de Jesús—, la Virgen de Guadalupe y un vasto conjunto de imágenes ofrecieron referentes poderosos. Campanas, fiestas y exvotos acompañaron a una sociedad que supo leer lo divino en su día a día, bajo la vigilancia de la Iglesia y la monarquía católica.
Algunas Aclaraciones y dudas frecuentes sobre la religiosidad popular en la Nueva España: de la Virgen de Guadalupe a los santos frustrados
¿Cómo se expresaba la religiosidad popular en la Nueva España?
Se manifestaba en la asistencia a iglesias, peregrinaciones, cultos a imágenes milagrosas, obras pías de los ricos, mayordomías y fiestas religiosas que marcaban el calendario de pueblos y ciudades.
¿Por qué se habla de “santos frustrados” en la Nueva España?
Porque, a pesar de los esfuerzos por canonizar figuras como fray Domingo de Betanzos, fray Martín de Valencia, Sebastián de Aparicio, Juan de Palafox y Mendoza, Catalina de San Juan y otros, ninguno logró el reconocimiento oficial de la Iglesia, salvo Felipe de Jesús, cuyo martirio ocurrió fuera del virreinato.
¿Cuál fue el papel de la Virgen de Guadalupe en la religiosidad novohispana?
La Virgen de Guadalupe pasó de ser un culto local en el siglo XVI a convertirse en símbolo de identidad y orgullo novohispano en el siglo XVII, gracias a la reorganización barroca de su relato y al significado providencial atribuido a su aparición.
¿Qué otras imágenes milagrosas tuvieron devoción en la Nueva España?
Además de la Guadalupana, destacaron la Virgen de los Remedios, el Señor de Chalma, la Virgen de Zapopan, la Virgen de San Juan de los Lagos, la Virgen de la Soledad de Oaxaca, la Virgen de la Salud de Pátzcuaro y Nuestra Señora de Ocotlán, entre otras.
¿Qué importancia tuvieron los exvotos en la religiosidad novohispana?
Desde el siglo XVII, los exvotos pintados se popularizaron como forma de agradecer favores milagrosos. Mezclaban imágenes y palabras para narrar la intervención divina en la vida cotidiana.
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