La llegada del Tribunal del Santo Oficio a tierras novohispanas marcó un antes y un después en la vida religiosa y social del virreinato. Su creación respondió a la necesidad de centralizar el control sobre la ortodoxia y las costumbres, en un momento en que la llamada Inquisición episcopal generaba tensiones y conflictos, especialmente en las investigaciones contra los frailes.
La Corona de Castilla buscó, entonces, unificar este poder en un organismo autónomo, dependiente directamente del inquisidor general y del Consejo Supremo de la Inquisición, con sede en la península. Fue así que Felipe II creó el Tribunal del Santo Oficio en México, junto con otro en el Perú, mediante una real cédula del 25 de enero de 1569, complementada con otra el 16 de agosto de 1570. Estas disposiciones fijaban la jurisdicción del nuevo organismo, que abarcaría no solo la Nueva España, sino también las Filipinas, Guatemala y el obispado de Nicaragua.
La llegada de los primeros inquisidores
El inquisidor general, don Diego de Espinosa, nombró como responsables en la Nueva España a Pedro Moya de Contreras y al licenciado Cervantes, con Pedro de los Ríos como secretario y Alonso de Bonilla como fiscal. La travesía desde Sanlúcar de Barrameda en 1570 no estuvo exenta de tragedias: Cervantes murió en Cuba y el barco en que viajaban los demás estuvo a punto de naufragar. Finalmente, arribaron a San Juan de Ulúa en agosto de 1571 e hicieron su entrada solemne en la Ciudad de México el 12 de septiembre.
El virrey Martín Enríquez de Almanza recibió con frialdad a la nueva institución, consciente de que se trataba de una autoridad independiente que competiría con su propio poder. Desde entonces, las rivalidades entre virreyes e inquisidores serían constantes en la vida política del virreinato.
El tribunal se instaló en una casa cercana al convento de Santo Domingo, donde se habilitaron salas de audiencia, la cámara del secreto, aposentos para los inquisidores y, poco después, cárceles para los procesados.
Ceremonia del juramento y publicación del edicto de gracia
Uno de los actos inaugurales fue la ceremonia del juramento y la publicación del edicto de gracia, celebrada el 2 de noviembre de 1571. Durante varios días se pregonó en calles y plazas que todos los habitantes mayores de doce años debían acudir a la catedral bajo pena de excomunión.
El evento fue solemne: el inquisidor Moya de Contreras desfiló acompañado del virrey, oidores, regidores, miembros de la Universidad y órdenes religiosas. En la catedral, el fiscal Bonilla portaba el estandarte de damasco carmesí con una cruz dorada, mientras se leían las cédulas reales que daban vida al tribunal.
El juramento obligaba a todos los presentes a denunciar a herejes y a colaborar con la Inquisición. El pueblo respondió al unísono con un “Sí, juro”, levantando el brazo derecho. Posteriormente, el virrey, los oidores y los representantes del cabildo hicieron lo mismo.
Ese mismo día se publicó el edicto general de gracia, que ofrecía a los culpables de delitos perseguidos por la Inquisición un breve plazo de seis días para confesarse voluntariamente, bajo amenaza de excomunión.
Con este acto, el Santo Oficio quedó formalmente establecido en la Nueva España. Su lema, Exurge, Domine, judica causam tuam (“Levántate, Señor, y juzga tu causa”), quedó asociado a la vida religiosa del virreinato hasta el fin de la institución.


Principales autos de fe y causas célebres
La actividad del Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España fue amplia y compleja. En términos generales, se enfocó en cuatro frentes principales:
- Delitos contra las buenas costumbres y la moral cristiana: blasfemia, bigamia, concubinato y solicitación.
- Delitos contra la fe: apostasía, herejía y, con especial atención, los llamados judaizantes, es decir, quienes practicaban la religión judía.
- Difusión de doctrinas protestantes: sobre todo luteranos y calvinistas, en su mayoría extranjeros, algunos corsarios o viajeros accidentales que arribaban al virreinato.
- Control y censura de libros: se elaboraron listas de obras prohibidas, se revisaban cargamentos en Veracruz y se inspeccionaban imprentas y bibliotecas. El objetivo era impedir la circulación de ideas contrarias a la doctrina católica, aunque numerosos textos lograron ingresar y circular discretamente.
Los autos de fe eran la culminación pública de estos procesos: actos solemnes donde se leían las sentencias y se escenificaba la victoria de la ortodoxia sobre la herejía. En ellos se castigaba desde penas espirituales hasta sanciones más severas, según la gravedad del caso.
Un tribunal entre temores y apoyos
Aunque la llamada “leyenda negra” presenta al Santo Oficio como un aparato de terror, los documentos de la época muestran que gran parte de la población novohispana lo recibió con aprobación. Para muchos representaba un instrumento para asegurar el orden moral y la pureza de la fe católica, valores considerados esenciales tanto en esta vida como en la salvación eterna.
De esta manera, el Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España no solo fue un órgano judicial y religioso, sino también un actor político y social que dejó huella en la cultura del virreinato.
Algunas aclaraciones y dudas frecuentes sobre el Tribunal del Santo Oficio
¿Cuándo se estableció formalmente el Tribunal del Santo Oficio en la Nueva España?
El tribunal se fundó en 1569 por real cédula de Felipe II y quedó formalmente instalado en la Ciudad de México en 1571, con la solemne ceremonia del juramento y la publicación del edicto de gracia.
¿Qué territorios estaban bajo su jurisdicción?
Su jurisdicción no solo incluía la Nueva España, sino también las Filipinas, Guatemala y el obispado de Nicaragua, lo que lo convirtió en un tribunal con enorme alcance en el continente y el Pacífico.
¿Quién fue el primer inquisidor en México?
El primer inquisidor fue Pedro Moya de Contreras, acompañado inicialmente por el licenciado Cervantes, el fiscal Alonso de Bonilla y el secretario Pedro de los Ríos.
¿Qué delitos perseguía la Inquisición en la Nueva España?
Principalmente se ocupaba de casos de blasfemia, bigamia, concubinato y solicitación; además de herejía, judaizantes, protestantes y el control de libros prohibidos.
¿Cómo se llevaban a cabo los autos de fe?
Eran ceremonias públicas en las que se leían las sentencias de los acusados. Incluían misas, procesiones y actos de gran solemnidad que reforzaban la autoridad religiosa y el orden social.
¿Toda la población rechazó al tribunal?
No. Aunque la Inquisición es recordada con dureza por la llamada “leyenda negra”, muchos habitantes del virreinato la vieron como un instrumento de protección moral y religiosa que fortalecía la vida comunitaria.
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